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domingo, 12 de mayo de 2013

Tortuguero... (Primera parte)



Recuerdo una vez, en una fiesta, alguien me dijo que Tortuguero no le había gustado... ¡Pensé que tenía que estar ciega... o  ser una idiota consumada! Ni siquiera quise ahondar en el tema... ¡Ella y yo hablábamos idiomas tan distintos!

De repente soy terca, cerrada, inflexible e intolerante....
 Pero quién conozca Tortuguero no le gusta Tortuguero... Quién conozca Tortuguero se queda boquiabierto, siente las mas íntimas fibras de su historia lanzadas en un remolino de belleza instintiva y transparente. Quién conoce Tortuguero con el corazón abierto... toca a Dios.
Si el Jardín del Eden no se parece a Tortuguero... No me interesa conocerlo...
Así es Tortuguero para mi.

Recuerdo allá en los ochentas... cuando fui por primera vez en una inspección.

Un viaje en bus, y de ahí entrar al bote... Selva, si. Un poco de monte, bosque en recuperación, potreros y caña brava... Aves acuáticas, cocodrilos, un basilisco... El botero y el guía probaban amablemente a enseñarnos esto y lo otro.  Yo iba, como la veinteañera que era con los ojos y el alma abiertos. Disfrutando de todo... porque bueh! Porque cuando se conoce un lugar hay que ir con las boquillas del Espíritu abiertas a mas no poder.

De repente las palabras del guía... "Estamos entrando al Parque Nacional"

Selva a ambos lados... La laguna de Jalova ancha y hermosa. Árboles con lianas gigantes colgando como sábanas olvidadas sobre ellos...

"Y ahora vamos a entrar a Caño Negro"

La laguna se fue haciendo angosta y conforme nos adentrábamos al canal lleno de vericuetos, mi alma se iba haciendo gigante, se estiraba y se estiraba... la belleza no cabía y había que estirarla aún mas.
Estuve a punto de llorar, realmente estuve a punto de llorar... (Las miradas de mis pasajeros me lo impidieron... Hoy hubiera berreado como un bebé).

Hay un momento en que la belleza es tan sublime que se toca el Amor de Dios.
Yo conocí ése momento por primera vez en Tortuguero.

El guía me preguntó, algo divertido, que qué pensaba... No pude articular palabra.
La mirada que le lancé lo calló.  No sé si adivinó la tormenta que había en mi interior...  o si mis ojos pudieron decir lo que mi garganta no podía concertar.
Nunca lo sabré... Fue la última vez que lo miré en el resto del viaje dentro del parque.
Mi alma estaba concentrada en el templo que es ése lugar.

No hay iglesia que me haga sentir lo que Tortuguero logra.

Y ¡Es que es todo!
Se mete uno en su selva y la Vida (Esa si, que se escribe con mayúscula) te sonríe desde todas las hojas, desde todas las flores... la sensación de conexión está ahí, sencilla, llana... fácil. Cualquier ateísmo que haya echado raíz en mi vida muere asfixiado ante éste lugar, porque en Tortuguero se habla con Dios. Y se escucha a Dios.

 Mirás el reflejo perfecto de la selva debajo tuyo, en el agua. Mirás la oscuridad reinante en los pasillos de aquel ignoto bosque, ves hacia arriba y las flores caen, al ritmo perfecto de la brisa omnipresente... De cuando en cuando una rama se agita por el peso de una familia de monos brincando, de cuando en vez, se oye el quejido de un halcón en algún árbol invisible.  Se alza el viento y las hojas y hay puntos de colores cayendo como una lluvia bendita. Se queda todo quieto y el contraste del verde en el celeste nos da la campanada de la Vida en su esplendor. Si llueve torrencialmente la pequeñez humana te estremece. Si llueve a poquitos la nostalgia te consume.

A veces, cuando voy guiando me quedo viendo a los pasajeros... sólo para vislumbrar en sus ojos el brillo de ésa sensación gigante. Y la he visto, no pocas veces. He visto ancianos abrir la mirada como niños. He visto gente llorar a lagrima viva. He visto sonrisas incapaces de expresarse con palabras.
He visto al ser humano, desnudo, fuerte, transparente conocerse a si mismo en ésa jungla que conjuga verdes en un infinito de tiempos.

Nada es indiferente en Tortuguero.

Quizás sea yo... Y algunos como yo.

Pero si el jardín del Eden no es como Tortuguero, en serio que no me interesa conocerlo.
Quiero que mis cenizas queden ahí... en la selva, en el canal... para sonreír desde cada árbol y en cada hoja.
Quiero vivir a Dios como lo he vivido en Tortuguero... por el resto de mi eternidad.

Quizás sea intolerante, terca e inflexible... Pero quién vaya a Tortuguero y no sienta el alma permanentemente de rodillas... No estuvo en Tortuguero.


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